JOSÉ MARÍA MORELOS, Quintana Roo, 13 de julio. – Desde los 13 años, José Eduardo Briceño Peraza encontró en la venta de palomitas y chicharrones una forma de obtener ingresos, luego de aprender el oficio mientras observaba a una comerciante que trabajaba en el parque de Peto, Yucatán.
Con el paso del tiempo perfeccionó la preparación de sus productos, desde el escurrido del aceite hasta el empaquetado, hasta convertir sus botanas en una actividad que lo llevó a recorrer ferias, circos, calles y comunidades desde que era adolescente.
Actualmente tiene un empleo formal y vive en la comunidad de Naranjal, pero durante sus días de descanso continúa viajando a José María Morelos y poblaciones cercanas para vender en oficinas, banquetas y celebraciones populares.
Su hijo también ha mostrado interés en acompañarlo durante las jornadas. Briceño Peraza explicó que permite que el menor vaya con él bajo su cuidado, con la intención de enseñarle el esfuerzo que implica obtener dinero, aunque reconoce que el tema puede ser visto con preocupación por las normas relacionadas con el trabajo infantil.
Para José Eduardo, la venta ambulante representa más que un ingreso extra: es un oficio aprendido en la calle que le ha permitido sostenerse, conocer distintas comunidades y transmitir a su familia una cultura de trabajo basada en la constancia.